ESTRELLAS O ESTRELLADOS
Probablemente haya
sido la confluencia no astral de la visita del Nederlands
Dans Theater a Madrid con las venturas en Sudáfrica de la
escuadra épica “roja”,
el revulsivo de la polémica resurgida entre algunos
profesionales y aficionados
de la danza, sobre los modelos antagónicos entre el
característico escalafón de
los bailarines en las grandes compañías de Danza (por
ejemplo, en el Ballet de la
Ópera Nacional de Paris: quadrilles, coryphèss, sujets,
premiers danseurs y etoiles)
y el modelo igualitarista de la compañía holandesa.
A modo de aclaración, creo que es imprescindible señalar
que el igualitarismo del Nederlands Dans Theater solo se aplica a los
bailarines ya que su organigrama es similar a cualquier
compañía de
ballet de presupuesto
medio-alto. Además, es evidente que la deriva del N.D.T. y otras
compañías
similares, es de carácter estratégico gremial más
que ideológico ya que su
promoción estelar es claramente dirigida
hacia el coreógrafo. 
Aunque se conocen las circunstancias históricas que determinaron
que
una parte de las compañías de danza enarbolaran
posiciones igualitaristas para sus bailarines
y encumbradora para sus coreógrafos, no conozco ningún
estudio riguroso que las justifique, ni en lo artístico ni en lo
comercial. Zafarse del asunto mediante argumentos ideológicos
sobre igualdades y solidaridades es mendaz cuando la evidencia
demuestra que, las reglas del juego son igualitaristas para unos y
elitistas para otros. Sin embargo, constatar incoherencias no resuelve
la cuestión y la cuestión, desde mi punto de vista, es
verificar las consecuencias que para la danza, como arte y como
industria cultural, significa apostar por el modelo N.D.T. o por el
conocido mundialmente como “star system”.
No hace falta remontarse hasta el romanticismo, aunque sea
conveniente recordarlo, para verificar que el esplendor del ballet de
entonces fue cimentado sobre la popularidad de las bailarinas cantadas
por los poetas. Hoy las odas de los rapsodas van dirigidas a los
Villas, Iniestas y Torres, desde luego nada comparable a las odas de
Théophile Gautier y demás glorias románticas a las
Grisis, Elsslers y Taglionis.
Para el caso, opto por la autoridad reconocida por todos:
Diágilev. Clasificado de muchas
formas, lo cierto es que Diágilev fue, ante todo, un empresario
promotor cuyo mérito incuestionable fue ampliar el
público de danza, hasta entonces constreñido a la
aristocracia y la alta burguesía, hasta hacerlo de masas e
internacional. Como lo logró es archisabido: la
colaboración de grandes artistas de diferentes disciplinas y la
promoción de sus mejores bailarines al estrellato.br />br
/> Su once titular fue impresionante: Pávlova, Karsavina,
Sokolova, Rubinstein, Spessivtseva, Markova, Nijinsky, Fokine,
Cecchetti, Balanchine y Lifar. Claro que los suplentes eran tan buenos
como los titulares y que decir del cuerpo técnico con:
Stravinsky, Prokófiev, Benois, etc.
Con mejor o peor fortuna, el “Star system” de Diágilev fue
seguido por las grandes compañías privadas de entre
guerras: De Basil y Marqués de Cuevas principalmente, incluso
por el incipiente Vic-Wells Ballet (precursor del Royal Ballet) de
Ninette de Valois. El acontecimiento conocido como “Baby Ballerinas” se
refiere al descubrimiento y lanzamiento al estrellato por Balanchine de
tres jovencísimas y virtuosas bailarinas (entre 12 a 14
años): Irina Baronova, Tamara Toumanova y Tatiana Riabouchinska.
Pero el fenómeno ni era nuevo, ya lo utilizó Diaghilev
con Alicia Markova y el Mariinski con Nijinski, ni fue el
único. La inteligente Ninette de Valois tuvo
claro, desde el principio, que necesitaba estrellas para promocionar su
nueva compañía. La promoción y mantenimiento del
estrellato de Margot Fonteyn es un compendio digno de estudio.
Desde hace tiempo, la letanía sobre la
producción de nuevos públicos para la danza es una
constante de algunos que se proclaman y etiquetan como innovadores
creadores, sin embargo, su empecinamiento en usar a los bailarines como
instrumentos en vez de lo que son, artistas interpretativos y, por
tanto, creadores de personajes y trasmisores de emociones, es el
principal factor de unos resultados mediocres por no decir nulos. Y es
que obstinarse en la tabla rasa para los bailarines, además de
injusto, es desincentivador de la excelencia y el mérito.
Por otro lado, el manido discurso que asevera que la
danza abstracta no requiere de bailarines relevantes, es una
aporía conceptual, un disparate comercial e
históricamente falso. El ejemplo más relevante, que no el
único, es uno de los corógrafos que más prodigaron
ballets abstractos: George Balanchine. Balanchine no solo
descubrió baby ballerinas, además, promocionó al
estrellato a muchos bailarines; las y los Alonso, Marie-Jeanne, Adams,
Farrell, Verdy, Gregory, Le Clercq, Magallanes, Youskevitch Blum,
Bonnefoux, etc. etc. son la prueba. Ni que decir que el buen gusto de
Balanchine está demostrado en sus magnificas obras y,
también al casarse con cuatro grandes bailarinas: Tamara Geva,
Vera Zorina, Maria Tallchief y Tanaquil LeClerc.
Con este apunte no pretendo pontificar sobre estrategia comercial para
la
danza, por el contrario, la experiencia de muchos fracasos demuestra
que la adopción de medidas aisladas o mal adaptadas al contexto
social suelen naufragar. Esta constatación no absuelve
prejuicios ni hipocresías fundadas en apariencias subversivas,
radicalismos de salón o auto indulgencias nihilistas. A estas
alturas, mientras constatamos que la última lata de mierda de
artista de Piero Manzoni, ha sido vendida en el Tate Modern por 40.000
libras, a pesar de saber que solo contiene yeso, o que nuestras
estrellas balompédicas subirán al Olimpo impulsados por
astronómicas primas, negar la promoción artística
y social de los bailarines y la identificación del
público con ellos no solo es injusto, es también suicida.
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Notas sobre apreciación de
la danza
Como
espectadores de una obra de danza representada
en un escenario aceptamos, de antemano, las reglas implícitas
del arte escénico de representación teatral. Dichas
reglas no son códigos rígidos, sino que han ido cambiando
a compás de los tiempos y de la aceptación, por parte del
público, de las propuestas de creadores e intérpretes.
Así, la mayoría de los espectadores de hoy,
tendrían dificultades para comprender el vocabulario del gesto
original del “ballet-Pantomime en deux actes Giselle” y
probablemente les parecería exagerado o incluso ridículo.
A este respecto, son más elocuentes las “evoluciones”
acaecidas en las representaciones de coreografías más
recientes, que fueron un hito de originalidad o incluso de
provocación hace menos de un siglo. ¿Quién
se escandalizaría hoy por una interpretación al modo de
la realizada por Nijinsky en 1912 de “L’Aprés-midi d’un faune”?
Es obvio
que, para comprender obras del pasado,
sobre todo aquellas que denominamos clásicas, es necesario tener
alguna perspectiva histórica del arte de danzar que nos permita,
con la imprescindible curiosidad propia, lograr enlazar con nuestro
actual lenguaje simbólico, el cual, nos guste o no, guarda
escondidas pero no secretas, las claves de antaño.
Que las
pautas de apreciación del
público espectador respondan al momento concreto de la
representación de la obra, no significa que este tenga que
aceptar alteraciones aleatorias o arbitrarias del ritual
escénico sin más. Cada propuesta renovadora debe tener el
noble objetivo de la excelencia, para que pueda ser considerada por el
espectador.
Los
dominios de Terpsícore, se convirtieron en arte autónomo
hace poco más de trescientos años. Como todo arte, la
danza se rige por las pautas que sus artífices han ido
conformando en el transcurso de su existencia. Así, la ley
fundamental de la danza
artística teatral es, sin duda, la experiencia. Los principios
que hoy fundamentan las posiciones y la complejidad de los movimientos
de la danza clásica, que reconocemos como técnica de
ballet, son fruto de la búsqueda de la excelencia de muchas
generaciones de maestros bailarines. Esta evidencia deshace las falsas
dicotomías, hoy tan en boga, entre “técnica y arte”. La
técnica de ballet es el “saber hacer” legado por generaciones de
artistas, luego arte cuando se realiza según las leyes del arte.
Porque la
representación es el principio de la danza artística, la
que justifica la reincidencia de la obra conocida en la escena, su
renacimiento o muerte en función de la interpretación del
bailarín, que es única e intransferible, a veces incluso
sublime. Acordar los constituyentes mínimos que exige la
consideración de una obra coreográfica, como danza
artística teatral, lejos de ser un ejercicio teórico
supone, desde mi punto de vista, el recordatorio imprescindible para
establecer, con algún rigor, unos principios de
apreciación adecuados. En síntesis, La danza
artística puede fundarse en los principios siguientes:
(1)
Movimientos
estilizados y pautados configurables en expresiones y símbolos.
(2) Un
ceremonial
teatral reconocible por el público.
(3) Aspirar
a la
cualidad de la impregnando cada movimiento de elegancia y belleza.
(4)
Enaltecer la
coreografía con las artes y técnicas fundidas en la danza
como la música, el gesto, la expresión, el vestuario, la
iluminación y demás
artificios de la representación.
(5) Lograr
trascender al público el drama, la comedia, la fábula, el
ingenio, la destreza.
Entiéndase
la como concepto sintetizador esencial, como el helénico tan
bien recogido por el ensayista escocés Home, en sus "Elements
of Criticism",
cuyo enunciado goza de gran consenso: «apariencia
agradable que nace de la elegancia del movimiento y de un cierto aire o
actitud que expresa dignidad». Esta ligazón entre
elegancia, movimiento y dignidad enlaza, inevitablemente, con la
evidencia de que el lenguaje de la danza es mucho más que
expresión, al ser capaz de sobrepasar la
comunicación de los sentimientos, y llegar al de las
significaciones pues, como fundamentó Schiller: “La
gracia es la marca de la reconciliación entre deseo y libertad,
naturaleza, razón y dignidad”. En suma, la danza
clásica se decantó, desde sus albores, por la medida
frente a lo arbitrario, al ser un arte simbólico de
representación, que tiene que obedecer a una lógica
continua de excelencia, so pena de banalizarse y desaparecer.
Las grandes
reformas del ballet, (ballet d’action) impulsadas por Weaver y Noverre,
impusieron el argumento de la obra coreográfica como
aglutinante y dinamizador de los demás ingredientes de la danza;
virtuosismo técnico, gesto, expresión y música.
Sin embargo, la importancia de la acción dramática del
ballet,
comenzó a ser cuestionada por reformadores y vanguardistas a
comienzos del siglo XX. Los primeros apostaron por la naturalidad del
gesto y, de alguna manera, la primacía estética de la
danza. Fokine, Balanchine y Eifman, entre otros, son representativos de
esta tendencia que, en ese afán actual de encasillarlo todo,
hemos convenido en llamar “Danza Neoclásica” al utilizar todos
los recursos técnicos del ballet, e incluso mejorarlos.
Las
distintas
vanguardias acaecidas tienen un común denominador, el
cuestionamiento de lo habido antes de su aparición y, por ende,
la negación de la norma como principio y la preponderancia de la
libertad. En consecuencia, cada movimiento ha hecho su particular tabla
rasa y ha propuesto su novedad.
El
afán de
la novedad por la novedad tiene dos caminos. El idealista se justifica
mediante la dedicación creativa del coreógrafo, en
trasmitir sus emociones a la “sociedad” con plena libertad para la
experimentación. Dejo de lado otros motivos que, por ser algo
más prosaicos, no tienen menos importancia pues, los derechos de
autor, no dejan de ser una conquista. Con estas tesituras, ciertamente
sentimentales y no poco dionisíacas, la danza retorna,
quizá sin pretenderlo, al ritual primitivo. Solo quiero resaltar
que, al mutilar el potencial estético de la danza, la
provocación se tuvo que convertir en la herramienta principal de
atracción al público. He aquí la paradoja.
Paradoja
puesto
que, de las innumerables provocaciones registradas, aparte la
insolencia, apenas quedan unas cuantas anécdotas disipadas, a su
vez, por nuevas provocaciones que van dejando en la cuneta del olvido a
las anteriores. La eterna tempestad de la destrucción
creativa que, para el consumismo de bienes y servicios ha dado tan
buenos resultados, en el público aficionado de danza no ha
logrado calar. No pretendo,
como espectador de danza, juzgar, como un todo, a la danza surgida
desde estas actitudes. De hecho, y a pesar de las limitaciones que se
han impuesto sus propios creadores, algunas obras me parecen notables.
Sin
embargo, a pesar de las ocurrencias y provocaciones, a la novedad como
reclamo, a los avances en la reproducción de imágenes que
incitan a la mudanza y al consumismo, por lo demás,
inverosímil, la
mayoría de los amantes de la danza preferimos seguir
contemplándola en el teatro con todo su ceremonial. Es esta
resistencia del aficionado la que algunos llaman crisis de la danza? Si
el público no estima ni el autor lo pretende
¿Por qué tiene que hacer el primero de mecenas forzoso
del segundo? En cualquier caso, si aceptamos la especificidad de una
danza aleatoria y volátil, cuyo cauce ordinario es minoritario y
contracultural, quizás pudiéramos convenir su
acreditación como danza ligera.
El
público espectador es, debe ser, el destinatario que aprecie y
sienta. Para él se destina la gracia de la danza, sin
categorizaciones, mediante la actuación dramática y el
virtuosismo. Incluso solo a través del virtuosismo es
lícito perseguir la gracia en obras de lucimiento y en galas,
donde la
temática, cuando existe, solo es una justificación del
verdadero tema, que es la demostración del virtuosismo del
intérprete. Es el público quien espera el éxtasis
de la representación, quien se identifica con el bailarín
y quien puede mitificarlo como artista sublime.
Afortunadamente,
las teorías para justificar ocurrencias y modas, más que
obras, van perdiendo fuelle, por no decir glamour, vamos
déjà vue. Y es que los espectadores, nos resistimos a
ceder, con facilidad, nuestro honroso título de respetables
destinatarios de las obras coreográficas. Naturalmente,
seguiremos contemplando, con curiosidad, manifiestos y bohemias,
alternativas congénitamente cíclicas y otras rebeliones
adolescentes, mientras que la danza artística seguirá
blandiendo su dionisíaca marca de distinción sin
complejos. QUE ASÍ SEA.
P.R.
Barreno - Marzo de 2008>
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