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ASOCIACIÓN CULTURAL AMIGOS DE LA DANZA TERPSÍCORE |
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ENLACES CON:
"West Side Story" en la Casa de Campo
Una buena ocasión para reflexionar sobre el ballet en Oviedo
Gala Internacional de la UNESCO en Fuenlabrada
El alma de Julieta, en El Escorial
La comercialidad aguanta más que la coreografía
La Nueva España – Oviedo 24 de marzo de 2009
Crítica
La excelente noche con Tamara Rojo en el teatro Campoamor
por Vicente Cue
Con todas las entradas agotadas hace meses inmediatamente de ponerse a la venta, la expectativa era enorme para ver «Noche de Ballet» con Tamara Rojo. Incluso vinieron críticos de periódicos madrileños. El director artístico de la gala, Ricardo Cué, siempre elabora funciones comprometidas para que se vea y se sienta la magia y el arte de la danza en toda su excelencia. La representación, además de Rojo, contaba con otros bailarines de compañías importantes como el Royal Ballet de Londres, el English National Ballet y el Ballet Bolshoi de Moscú. Este año se cumplen cien años de la muerte de Marius Petipa (1818-1910), el coreógrafo más grande del ballet clásico. Sin sus creaciones el arte sería más pobre. Precisamente Cué ha concebido esta función como un homenaje a este colosal artista. De un total de nueve coreografías que vimos, cuatro eran composiciones del marsellés, todas cumbres del arte coreográfico. Cuatro «pas de deux» en los que Petipa supo plasmar y acertar como nadie en su combinación de virtuosismo y bella apariencia. Fue un programa con páginas espléndidas. Se ofrecieron versiones de distintos semblantes: unas, de un profundo lirismo, otras, de gran despliegue técnico.
Se comenzó con el «pas de deux» de «La Bella Durmiente» de Petipa, el clásico de los clásicos, la danza académica en la cúspide de su pureza. Tamara, alentada por la música de Tchaikovsky, se mostró majestuosa e impecable en sus «arabesque», «attitude» y magníficos «fish dive» (pescados, pose introducida por Nijinska en la época de Diaghilev). Hubo un evidente esmero de Romel Frometa en su respuesta de compañero.
A continuación se representó el «pas de deux» del segundo acto de «Giselle», una coreografía de Petipa sobre la original de Perrot y Coralli, que conserva toda la esencia del romanticismo. David Makhateli y Natalia Kremen nos hicieron vivir el encantamiento evocador de las figuras románticas. La bailarina rusa dibujó la fragilidad sobrenatural y cuidó escrupulosamente el estilo y la plasticidad. El dinamismo etéreo de su danza, sus ligeros saltos y «ballon» la llevaron por todo el escenario desafiando la gravedad.
El «pas de deux» de «Don Quixote», también del genio franco-ruso, fue interpretado por dos primeras figuras del Bolshoi. Marianna Ryzhkina, de la escuela del Bolshoi, y Mikhail Lobukhin, asimismo miembro de la legendaria compañía moscovita, aunque él creció en San Petersburgo en la escuela Vaganova. Ambos dejaron claro la alta técnica académica que conlleva la impronta de la escuela rusa. Ryzhkina alcanzó su mejor momento en el adagio con suaves piruetas y elevados «jetés». En la coda destacó en sus veloces y nítidos «fouettés».
Lobukhin un bailarín impresionante, de brío y potencia muy Bolshoi, evidenció audaces proezas técnicas. No ejecuta ningún movimiento ni pasos al que no le saque el máximo partido. En cuanto aparece en el escenario es difícil apartar la mirada de él. Su figura y juego escénico irradian fascinación. Incluso en los momentos estáticos se goza con sus elegantes y depuradas poses. Inmediatamente después apareció sobre el escenario Lola Greco, Premio Nacional de Danza de este año. Ella ha querido que su coreografía, «Latido», con música de Manuel Infante, tuviera su estreno mundial en esta función del Campoamor. Lola posee genio, casta, embrujo y una personalidad singular, pero la naturaleza de su obra impidió que estas facultades se materialicen. Cerró la primera parte el «pas de deux» del segundo acto de «El lago de los cisnes», obra maestra y joya coreográfica de otro genio, el ruso Lev Ivanov. Makhateli y Rojo aportaron sentimiento, encanto y dulce tristeza, en un estado de poesía mística, celebrándose una perfecta unión entre la música y la danza.
La
segunda parte
abrió con «Diana y Acteón»,
una realización de Vaganova en la que se manifiesta la liza
entre dos personajes mitológicos. Un bello ejemplo de la
alegría de la danza. Ryzhkina en la caracterización de la
diosa resalta sus retozos cinegéticos alcanzando plenitudes y
contrastes delicados. Lobukhin, con una indumentaria muy propia de la
época soviética, volvió a arrasar por su
personalidad y despliegue virtuosístico. Salió como un
tornado, demostrando una vez más su categoría con un
baile vigoroso y jactancioso. Remata sus «manège»
con sensacionales y atrevidos pasos al borde de lo imposible. La
variación de Acteón en este «pas de deux»,
según me informó hace años Igor Beslky, se le debe
atribuir a Chabukiani.
Hubo
dos
coreografías de Ricardo Cué. «El
último encuentro», en la que Francisco Velasco y Lola
Greco se entregaron en un apasionado paso a dos con un desgarrador
final. En esta composición la sustancia dramática y la
emoción se muestran con una serie de deliciosas secuencias
coreográficas en las que se juega con ritmos y compases de arte,
combinando magistralmente los diversos lenguajes de la danza. Se liga
lo español y el flamenco con el ballet y otros flujos de
expresión teatral, incluyendo un guiño a Ginger y Fred.
Aquí sí que Greco, una inmensa artista, tuvo la
oportunidad de mostrarse en todo su esplendor. El coreógrafo
sabe aprovechar a la perfección la enorme capacidad comunicativa
de Lola. Era obvio que su exposición venía de adentro,
así lo sintió y así nos lo transmitió. En
buena parte, esa actuación sublime de Lola se debe a la
incitación de Velasco, que en un personaje sobrio y
áspero supo darle una exacta y rigurosa réplica.
El otro
trabajo
de Cué es un solo, «El cisne», con
música de Saint Saens. En la soledad aparece un cisne-hombre
moribundo que tras algunas dolorosas evoluciones pliega contra el suelo
sus alas. Con un halo de misterio el coreógrafo construye poses
y pasos basados en el vocabulario clásico siempre con
afán de belleza. El cisne fue interpretado por David Makhateli,
que matiza y recalca cada paso, si bien en esta ocasión el
georgiano no llegó a alcanzar la tensión emotiva que ha
vivido en otras actuaciones.
Concluyó
el programa con Rojo y Frometa en la versión de
Araujo de «La Esmeralda», original de Perrot, revisada y
reconstruida por Petipa, del que lleva su sello. La bailarina
madrileña puso el broche de oro. Exhibió su
extraordinario rigor técnico, riqueza de acentos y
seducción. Aportó autoridad, frescor, vivacidad y
energía. Sus extraordinarios alardes de virtuosismo son
difícilmente superados. Los equilibrios del adagio, las piruetas
de la variación y los formidables «fouettés»
de la coda (en esta oportunidad escogió una serie de dobles con
triple en vez de los cuádruples que le hemos visto en este mismo
escenario) sin duda la colocan en la cumbre actual del ballet. Frometa
demostró sus dones técnicos, principalmente en sus
saltos.
Es un
privilegio
poder ver en Oviedo a Tamara Rojo una estrella mundial
del ballet en el momento culminante de su carrera. En sus tres
apariciones del martes por la noche pudimos recrearnos y gozar de sus
múltiples facetas. La magnificencia en la cima del academicismo
clásico, el lirismo poético y la exuberancia del
virtuosismo. A lo largo de toda la función los bravos y las
ovaciones unánimes fueron constantes y apasionadas, al final
continuaron durante muchos minutos ya con los espectadores puestos en
pie.
“West Side Story” en la Casa de CampoEl espectáculo inaugural de los Veranos de la Villa de este año ha sido un espléndido “West Side Story” en uno de los eriales mal cuidados de la Casa de Campo, donde el ayuntamiento madrileño ha montado un artilugio en rampa relleno de incómodas sillas de plástico de peligroso acceso, desde donde se puede ver un escenario portátil al uso. Pero antes de hablar sobre las miserias habituales, quiero comentar un espectáculo con música en directo y de una calidad interpretativa inusual por estos pagos. Se trata de un auténtico Broadway realizado por una compañía compuesta por 110 artistas y técnicos, incluyendo una orquesta de 26 músicos y 40 magníficos cantantes y bailarines. Según el director de esta compañía Donald Chan, la versión respeta estrictamente la versión original. Solamente se han incorporado varios cambios técnicos en la escenografía renovada por Paul Gallis. La dirección de escena de Joey McKneely ha respetado el original y se agradece ya que sigue funcionando perfectamente. Recordemos que esta perdurable obra fue realizada por cuatro grandes artistas: Jerome Robbins coreografió cada movimiento, cada paso, cada expresión, Leonard Bernsteim realizó la mejor y más rica partitura jamás hecha hasta hoy para un musical, Stephen Sondheim unas canciones chispeantes y sentimentales que no sensibleras que casi todo el mundo canturrea, Arthur Laurents plasmó un eficaz y rico guión que sigue actual 50 años después. A pesar de la penosas condiciones que tuvimos que soportar los invitados espectadores (la inmensa mayoría lo éramos) la calidad de este espectáculo fue capaz de entusiasmar y emocionar a casi todos. Eso es lo que sentí y percibí. Sobresale la voz de Ali Ewoldt en el papel de María y no queda muy atrás Chad Hilligus como Tony. También Oneika Phillips en Anita me pareció versátil en un complejo papel que acumula danza, canto y drama. Recomiendo este espectáculo aunque aviso de las pésimas condiciones de este escenario llamado Puerta del Ángel. Lleven rebequitas, linternas y zapatos de marcha, cuidado con los socavones y las ráfagas de viento con arena. Cuando intenten llegar a sus localidades tengan la precaución de mirar bien donde pisan, sobre todo cuando accedan a su fila, hay rebordes con tornillos aniquiladores de zapatos y restauradores de juanetes. ¿A que asador de manteca se le habrá ocurrido montar este artilugio? P.R. Barreno 26 de junio de 2009 |
La danza en “West Side Story” es fundamental y en esta producción el cuerpo de baile es de primera división. ![]() |
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La Nueva España EDITORIAL
PRENSA
ASTURIANA Director: Isidoro Nicieza
Sólo el tiempo diráOviedo 27 de febrero de 2009 VICENTE CUESegún pasan los años el Festival de Danza del Campoamor hace esfuerzos para su consolidación. Parece ser que existen las mejores intenciones para que así sea. Si bien, al arte de la danza muy frecuentemente le toca bailar con la más fea. Este año hemos tenido que ajustarnos a un festival de bajo presupuesto debido a la crisis, a lo que hay que añadir, según leo en la prensa, el desinterés del Principado. La recién creada compañía «Corella Ballet Castilla y León» ha sido la encargada de inaugurar este año el festival. Parece que entre las principales intenciones de este grupo está la de promocionar la danza clásica en España, tan olvidada aquí y tan admirada en todo el mundo civilizado. Sin embargo, en esta función únicamente hemos visto diez minutos de ballet clásico (el «pas de deux» de Don Quijote), el resto del programa se dedicó al neoclásico y a la danza moderna. En ese sentido no ha cambiado gran cosa. De momento en Asturias seguimos viendo compañías españolas de tamaño medio que nos ofrecen casi siempre estilos de danza más o menos modernas, pero en contadísimas ocasiones podemos disfrutar de las obras que constituyen las páginas cumbres del ballet. Los diez minutos de DQ que vimos serán los únicos en todo el festival dedicados al estilo académico, pues el Houston Ballet ostenta entre sus producciones algunas de las obras maestras del repertorio clásico, pero a Oviedo traerán un programa con realizaciones modernas. El Ballet Castilla y León» va pregonando ser una de las mejores compañías clásicas del mundo. Está claro que la prudencia y la modestia son virtudes poco populares últimamente. Ellos deberían saber que no es así. O si de verdad se lo creen, entonces, malo. Las compañías que realmente son consideradas las mejores no tienen que proclamarlo, porque todos sabemos muy bien cuáles son. Con esto no quiero quitar los méritos que pueda tener el neófito conjunto, pero no se debe confundir al público. Actualmente me parece un grupo novel que se entrega con entusiasmo. No tiene un año de vida y por lo tanto necesita tiempo para crecer, desarrollarse y consolidarse. Sólo el tiempo les colocará en el estatus que se merezcan. A parte de su director, esta formación la componen miembros notables, pero en su mayor parte la configuran jóvenes con poca experiencia escénica. Se abrió la noche con «Bruch violín concerto Nº 1», una coreografía de 1987 de Clark Tippet. Se trata de varios «pas de deux» ejecutados por cuatro parejas, todos ellos acompañados por un cuerpo de baile de dieciséis bailarines. Cada pareja hace alarde de unas circunstancias y comportamientos característicos. Unos son románticos y serenos, otros apasionados, con vibrantes «port de bras». Los «portés» son de líneas acrobáticas. Tippet logra un trabajo audaz y desenvuelto con una coreografía compleja muy balanchiniana. Seguidamente intervino Ángel Corella, en el «pas de deux» de «Don Quijote», un fragmento de una de las obras que más ha representado y en la que mejor se desenvuelve. Sus saltos y piruetas fueron correctos. Probablemente los que le han visto por primera vez hayan quedado satisfechos. Pero este bailarín ha destacado justamente por su extraordinaria técnica. Yo le he visto hacer cosas excepcionales. Sin embargo, a su actuación le faltó excelencia. Ni sus piruetas fueron tan numerosas ni sus saltos tan espectaculares como nos tenía acostumbrados. Su frescura física ya no puede ser la misma. Va a cumplir 34 años. En esa etapa de la vida, un bailarín de clásico se halla en el último tramo de su carrera (las bailarinas tienen una vida artística más larga). Su compañera en esta composición cervantina fue Adiarys Almeida, que demostró brío y arrojo con unos «fouettés» limpios y precisos. Se prosiguió con «Clear» (2001), una elaboración del coreógrafo australiano Stanton Welch, actual director del Houston Ballet. Esta pieza se estrenó a finales de 2001 evocando el dolor de aquel atentado criminal del 11 de septiembre en Nueva York. Siete hombres y una mujer se mueven a los acordes de la música de Bach. Welch, que fue bailarín de clásico, explora y juega con el idioma académico para transformarlo en movimiento contemporáneo. Los hombres se emplean a fondo y con vigor. Se consigue armonizar el ritmo vivaz con cierto patetismo. El ballet, que no tiene un gran atractivo, concluye con un apacible paso a dos. La pareja principal fue interpretada por Natalia Tapia y Joseph Gatti. Entre «Clear» y el último ballet de la noche, vimos otra vez al director de la compañía en «We got it good» (2006), un solo muy a su medida a ritmo de jazz, también de Welch, que se apoya en la teatralidad y mezcla los movimientos académicos con la danza de salón, en la línea del «Sinatra» de Tharp. El bailarín demostró su ligereza y flexibilidad, además de saltos y giros, con desenfado, desparpajo y jocosidad. La noche se cerró con «In the upper room», uno de los ballets más conocidos de Twyla Tharp. Fue creado y estrenado en 1986 por la «Twyla Tharp Dance Co.» y no por el «American Ballet Theatre», como se afirma en el programa; el «American» lo hizo en 1988. La coreografía parece no encontrar obstáculos, es una vorágine imparable llena de energía. Se apoya en la música minimalista de rara intensidad rítmica de Philip Glass. Los intérpretes saltan, se retuercen, hacen jogging, brincan? Las imaginativas luces de Jennifer Tipton consiguen dar la impresión de que los bailarines surgen desde la niebla y vuelven a desaparecer en ella, se evaporan entre bastidores. El impacto inicial va perdiendo fuerza hasta convertirse en un batiburrillo «ordenado». El público, que esta vez no llenó el teatro, les premió con sus aplausos. Vicente Cue |
Una buena ocasión para reflexionar sobre el ballet en Oviedo23 de febrero de 2007, OVIEDO
Una «Coppélia» cibernética ha inaugurado el Festival de danza de Oviedo 2007. El ciclo se compone de cinco compañías en las que domina la danza moderna. No son grupos de primera fila. Si bien, a juzgar por el lleno total del miércoles y las entradas vendidas para las siguientes representaciones, los ovetenses están ansiosos de ver ballet. Se agradece, por lo tanto, al Ayuntamiento de Oviedo el esfuerzo que hace todos los años para brindarnos este festival. No obstante, es mi obligación aspirar a más y manifestar que Oviedo se merece ver mejor ballet. Además, así me lo comunican muchas personas. Al igual que a nuestra ciudad suelen venir algunas de las más importantes orquestas sinfónicas, los amantes del ballet deberían tener el mismo derecho de ver aquí también algunas de las mejores compañías de ballet. Por ejemplo, este año visitará seis ciudades españolas, entre ellas Santander y San Sebastián, el «Boston Ballet» con una gran producción de «La sílfide». ¿Por qué a nosotros nunca nos tocan cosas como ésas? Y, en este caso en concreto, no creo que la capacidad del escenario hubiera sido un obstáculo. Otra cosa, ahora que menciono el escenario: Oviedo, la ciudad de las artes escénicas, con un Campoamor, un Filarmónica, un Auditorio y grandes palacios escénicos y de las artes en construcción, y seguimos sin un escenario decente.
Dos de las respuestas a mi pregunta anterior, de por qué a nosotros nunca nos toca ver las mejores compañías de ballet en Oviedo, son las siguientes: una, porque no tenemos un escenario de dimensiones adecuadas, pero esto no es lo principal. Y la otra: hay un hecho indiscutible, si hablamos de artes escénicas, el ballet en Oviedo ocupa el cuarto lugar. En los tres primeros puestos están la música sinfónica, la ópera y la zarzuela. En el Campoamor tienen prioridad la ópera y la zarzuela. Normalmente las fechas que sobran se destinan a la danza y otras artes. Y que quede bien claro, con esto no quiero decir que se deba aumentar la calidad y representaciones de ballet en detrimento de las demás. Al contrario, entre otras cosas, porque yo también disfruto de estas tres artes, y deseo y me alegro de que las representaciones en Oviedo de música, ópera y zarzuela tengan cada vez más éxito y que ya ocupen los primeros lugares en España. Todo lo anterior está dicho con la mayor cordialidad y con el ánimo de recordar la situación que tenemos en el presente y animar a que se busque un causa para que el ballet deje de ser considerado en Oviedo un arte menor y logre tener el mismo rango que las otras artes escénicas y se convierta también en referencia de la capital. Una observación: es preferible calidad que cantidad. (En este breve análisis de las artes escénicas no he incluido el arte de Talía ya que ellos pueden disponer del Filarmónica)
Bien, paso a comentar la función que vimos el miércoles en el Campoamor. El ballet «Coppélia» -inspirado en un cuento de Hoffman-, estrenado en París en 1870, con coreografía de Arthur Saint-Léon, está a mitad de camino entre la gran época romántica (representada por «La sílfide» y «Giselle») y la era del Ballet Imperial Ruso, también conocida como «era Petipa» (personificada, entre otros, por «La bella durmiente» y «El lago de los cisnes»). Hoy, este ballet se encuentra en el repertorio de las compañías más importantes del mundo. Si bien de la obra original de Saint-Léon no ha quedado mucho. Las mejores adaptaciones actuales son el resultado de las revisiones hechas por Petipa, Ivanov, Cecchetti y Sergueyev. Con la partitura compuesta especialmente para esta obra por Leo Delibes, «Coppélia» está considerada como el comienzo de importantes encuentros entre el ballet y la gran música. Este encuentro volvió a suceder muy pronto y en más alto grado con Tchaikovsky y más tarde con otros compositores, como Stravinsky, que lograron una nueva dimensión entre la música y el ballet.
En esta ocasión ha sido la compañía de Víctor Ullate la que, con la coreografía de Eduardo Lao, director artístico de la misma, ha montado un relato muy peculiar de este clásico del siglo XIX. Esta versión nada tiene que ver con las producciones clásicas, ni en la coreografía ni en el baile ni en el relato. En vez de la bucólica plaza de pueblo y la fábrica de muñecas, Lao ha trasladado la acción a un laboratorio cibernético, especializado en robótica e inteligencia artificial, en el que se investiga la creación de un androide con apariencia femenina. En este caso, solamente se ha mantenido la música de Delibes, aunque se han hecho cambios en el orden.
El ballet «Coppélia», en sus versiones más próximas al original, tiene algo de aquellas operetas con sentido del humor. Aunque Laos, en esta narración ha querido buscar y resaltar el lado más burlesco de la historia. En la primera parte vemos al doctor Coppelius intentado humanizar sus androides, mientras el joven Franz, fotógrafo aficionado, y encargado de la limpieza en las instalaciones que acogen los artilugios autómatas, dirige los flashes de su cámara y de su corazón a ese androide con cuerpo de mujer llamado Coppélia. No obstante, no será la ciencia ni los inventos del extraño doctor ni sus elaboradas aplicaciones de los mecanismos de regulación biológica a la tecnología los que le transfieran vida y alma a su hermoso robot, sino un ser mágico, la Diva Espectral, la que otorgará alma y humanidad a Coppélia, que inmediatamente se sentirá atraída hacia Franz. En la segunda parte, el androide ya como humano se libera de su inventor para vivir su amor y pasión con su enamorado.
Aunque las bailarinas bailan en punta, nada en esta versión se parece, ni remotamente a lo que se conoce como el ballet «Coppélia». Esta coreografía es un gran popurrí de distintas formas de danza, en la que impera lo moderno. El primer acto está dominado por las formas angulosas que dibujan los cuerpos de los robots. A la protagonista no se le da gran oportunidad de lucimiento en otras formas de baile, ya que la reiteración y larga duración en su condición de robot, hace que se exprese fundamentalmente con gestos y con formas rígidas que la alejan de los cánones que se consideran esenciales para expresarse mediante la danza. Las tres chicas encargadas de la limpieza intentan provocar las secuencias más jocosas de la representación. La segunda parte se convierte en una gran fiesta llena de color con ambiente de discoteca. Quizás el exceso sea lo que marque a este acto. La bailarina que interpreta Coppélia (Natalia Arregui) tiene la oportunidad de lucirse mejor en el «pas de deux», así como los bailarines que interpretan a Franz (Yevgen Uzlenkov) y a Coppelius (Luca Vetere) se exhiben con sus saltos y piruetas. Ana Noja, como la Diva Espectral, muestra su veteranía y experiencia. Esta «Coppélia» de Laos parece un divertido musical en puntas. Es una lástima que no pudimos ver a Eri Nakamura, la Coppélia que estrenó la obra en Santander y en Madrid, pues está lesionada. Los nombres de los bailarines que interpretaron a los cuatro protagonistas no se especifican en el programa. (Yo los nombro arriba, espero no equivocarme en la sustituta de Nakamura). Esta omisión es una falta de consideración para con el público y poco respeto a unos bailarines profesionales. Si no se pudo imprimir un papel anexo al programa con sus nombres y los personajes que interpretan, se debió utilizar la megafonía de la sala. |
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Gala Internacional de la UNESCO en Fuenlabrada Maria José Ruiz en foro FOTOESCENA Hola a todos, La "presentación en sociedad" del embrión de lo que será el futuro Real Ballet de España no me decepciónó. Cuerpo de baile disciplinado, con una fortísima base y cohesión a toda prueba. Ingeligente, muy inteligente y acertada la propuesta de Tamara Rojo en un camino intermedio entre la creación de un ballet y la escuela que a él debe estar asociada.
La primera pieza interpretada, con un ligero tufillo a Culberg, sirvió para que pudieramos apreciar tanto la técnica como la expresividad de Ana Colomer en el papel de Cupido y la versatilidad del cuerpo de baile. En
terminos
generales, desigualdad entre la Danza Clásica y la
Contemporánea, con la balanza muy a favor de la Clásica. Me refiero a los duos que pudimos contemplar.
Las dos coreografías construidas sobre música de Vilaldi no tenían nada que ver con su soporte musical y por tanto no acabaron de convencerme: Contemplaba una realidad cinética no solo distinta, sino opuesta e incompatible cualitativamente con lo que escuchaba. Lo único que puedo lamentar es que, después de haber visto a Tamara Rojo como Carmen, no tendré deseos ver ninguna más. En mi modesto parecer ha superado a todas las que he contemplado podría describirlo como "la Carmen que soñó Petit". También a lamentar la impaciencia que me ha provocado por ver la obra completa. ¿Podría
ser nuestro regalo para la presentación
del Real Ballet de España? Impacientes besos a todos, María José Ruiz |
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Del foro ETER YO CLAUDIO Hojeando, y ojeando, la prensa diaria he encontrado un artículo en Libertad Digital. El artículo habla de cine, pero me ha hecho reflexionar sobre su validez para el mundo de la danza. Os transmito las primeras líneas, con un segundo párrafo de una gran lucidez, ya que el resto del artículo pasa a consideraciones políticas que ni vienen a cuento ni mantienen el grado de lucidez de las que os transcribo. Feliz Natividad a
los creyentes y felices fiestas a los demás. España con su cine Pablo Molina En este año que acaba, han acudido a los cines a ver películas españolas seis millones menos de espectadores. Seis millones de decisiones individuales plenas de sentido común y elevado criterio estético, que amenazan con ampliarse en años venideros de seguir este ritmo asombroso de "crecimiento negativo". De las veinticinco películas más vistas del año, tan sólo cuatro son españolas, y de ellas sólo dos están entre las diez más vistas. Se trata de "Alatriste", en cuarto lugar, y "Volver", en séptimo. Hasta aquí llegó la riada del talento. Si la gente hubiera decidido dejar de ver películas españolas sencillamente porque en su mayoría son una castaña, la solución no sería demasiado complicada. Bastaría con eliminar las subvenciones para que el ingenio de los cineastas empezara a conectar con los gustos del público. Estoy de acuerdo con el fondo del articulo de Pablo Molina aunque, este espinoso asunto que, tengo la impresión, conoces bien, es la estafa y la humillación para la danza, no solo porque, en comparación con el cine o la pasarela, se la destina la calderilla es que, al mismo tiempo, esa calderilla se la reparten los de siempre. También sería conveniente que los de Libertad Digital y sus cofrades, que tanto presumen de liberales, se aplicaran el cuento porque, solo cuando se trata de gente de su cofradía, las subvenciones están bien. Me refiero a una entrevista realizada el otro día a Maria Giménez en La Linterna de la COPE por Cesar Vidal. Según el Sr. Vidal, la menestra (no es un error) de cultura (PSOE) es una ignara impresentable por no subvencionar suficientemente a la compañía de Maria, pero el ayuntamiento de Madrid y La Comunidad (ver P.P.) son estupendos y grandes soportadores de la danza por ayudar a “Doña Maria” según el Sr. Vidal. Lo dicho, estos liberales de sacristía son tan sectarios como los de enfrente y, desgraciadamente, la subvención de las artes en España está contaminada por el politiqueo partitocrático. De tal forma que, cuando alguien presenta un proyecto artístico de danza, si lo apoya alguien del PSOE el PP lo boicotea y viceversa. Las artes divididas por el sectarismo y el aldeanismo no pueden desarrollarse, solo los mediocres sin escrúpulos siguen tirando de la teta. ¿Hasta cuando? |
Con fecha de caducidadLa Nueva España – 22 Sept. 2006 - Por: Vicente Cue El alma de Julieta, en El Escorial Publicado por: La Nueva España en 2006. |
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EL MUNDO/DANZA/ VIERNES 4 DE FEBRERO DE 2006 CRITICA La comercialidad aguanta más que la coreografía Compañía: Tokio Asami Maki Ballet Obra: Pink Floyd Ballet Coreografía: Roland Petit Música: Pink Floyd Estrellas invitadas: Lucía Lacarra, Cyril Pierre, Lienz Chang, Altankhuyag Dugaraa y los Streets dancers slide Escenario: Matadero de Madrid< Fecha: 2 de agosto Calificación: ** JULIA MARTÍN< MADRID.- Detrás de la curiosidad que supuso Shanghai Beauty, los Veranos de la Villa han programado otro encuentro entre Oriente y Occidente, esta vez es la compañía japonesa Tokio Asami Maki Ballet con dos puntales occidentales: el célebre coreógrafo francés y ex directro del Ballet Nacional de Marsella, Roland Petit; y la bailarina española Lucía Lacarra, fruto de la brillante cantera del maestro Ullate, y primera figura de Marsella y de San Francisco antes de instalarse en Munich. Hay poca memoria, y menos trabajo de hemeroteca, para decir en el programa que es la primera vez que Roland Petit visita Madrid. En 1988 sin ir más allá, presentó su Carmen en el Cuartel del Conde Duque; una emblemática obra que podría haberse recordado hoy, o conocer su Coppelia, que también tuvo a Lucía Lacarra como protagonista; muchos trabajos preferibles a esta obra comercial pero simple y avejentada, aunque el espectáculo es impecable, la compañía tuvo pocos desacierto y los invitados lucieron en lo posible. El concepto de musical y de hermandad entre estilos se funden en este ring de focos bajos, al que salen largas filas de bailarines para accionar frente al público, casi siempre iguales ay al tiempo. Todos visten mallas blancas y quieren demostrar que lo depurado puede bajar al terreno de la calle. La sofisticación y la horterada se dan la mano en unas coreografías de trazo corto y repetido, que usan el vocabulario del ballet, buenas puntas incluidas, adornado de acciones rítmicas, según el glosario de extensión-contracción de la danza moderna más caduca. Petit escribió sobre el pulso; entre el cañero rock y los relajantes sonidos usados por el movimiento hippie de los 60. consciente del paso de las modas, el coreógrafo añadió hace dos años una pieza de hip hop que resulta lo más refrescante del montaje. La escena toma altura de ballet solamente en el largo Echoes, donde es posible salir de la marcialidad para apreciar una composición diversa en el plano, con grupos que se van encajando poco a poco y serán al final un árbol viviente. Lucía Lacarra era el gancho del montaje en Madrid. Indudablemente lo fue para quien no hubiera visto mejor empleados sus resortes técnicos y su calidad de movimiento. Lució espectacular y liviana, preciosas líneas; con esa elasticidad de espalda que produce desmadejados e increíbles cambrés y extensiones de piernas de más de 180 grados. Tuvo dos buenos porteadores: su compañero Cyril Pierre, y el cubano Lienz Chang, con el que interpretó una de las coreografías añadidas para esta compañía en 2004, y con un bonito final de ella caminando por el aire. Chang baila varios solos en los que explota su corpulencia pero resulta lento y poco atractivo porque está completamente sobrepasado de peso, lejos del buen bailarín que es. Pink Floyd se ve, a los 33 años de su estreno, como un capricho del prolífico coreógrafo por adentrarse en la movida de la época y con las armas que tan bien había ensayado en los circuitos del teatro musical: Su elección puede deberse a la errónea manera de calibrar el verano como estación para el muelle mental (defiendo que la mente puede relajarse sin hacerse plana). Lo peor es ver cómo satisface un programa que no cuenta nada ni tiene vuelo coreográfico y apenas dos temas con un mínimo leit motiv que compacte tanto ejercicio en unidad de bloque, y parecidos solos de lucimiento entrecortado. Defrauda que aplaudamos todo si nos dicen que es bueno. Claro, que también es un alivio que el círculo de famosos en la danza no existe en los planes de TV- todavía no incluya a los ganadores de Mira quien baila. Al menos son Petit y Lacarra, pero todo se andará. |
La Asociación Cultural Amigos de la Danza Tepsícore está inscrita en el RGA, grupo 1, sección 1, Número Nacional: 586287